La Leyenda de la princesa Wallada: ¿Un Romeo y Julieta a la cordobesa?

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Dos familias de idéntico linaje, una ciudad, Verona o mejor dicho Córdoba y dos amantes condenados a su trágico final. Pues sí, hoy hablaremos de la leyenda de la bella princesa Wallada bint al-Mustakfi y su historia de amor con el afamado poeta árabe andalusí Ahmad ibn Abd Allah ibn Ahmad ibn Galib ibn Zaydun, simplificado por fortuna en ibn Zaydun o Abenzaidún en la historiografía castellana.

Quizás sean inevitables las comparaciones de esta leyenda que el imaginario colectivo ha conservado con la historia que Shakespeare en 1597 narraría las desventuras sufridas por estos desgraciados amantes, Romeo y Julieta. En la leyenda de la princesa Wallada, si bien tenemos que viajar bastante atrás en el tiempo (finales del siglo X y principios del XI), nos encontramos de nuevo con dos familias notables, en el caso de la princesa Wallada que es la hija de uno de los últimos califas omeyas, Abderramán Obaidallah Mustafkí y Amina, una esclava cristiana. Su  amado sin embargo, el poeta Ibn Zaydun, estaba vinculado directamente con el linaje rival, los Banu Yahwar. Si bien es cierto que su final no será tan trágico como el de los desgraciados amantes de Verona, me temo que en la leyenda de la princesa Wallada tampoco cabe un final feliz.

En primer lugar hablaremos del contexto en el que se desarrolla esta leyenda. Como se ha dicho antes hablamos de finales del siglo X y principios del XI, es decir, el califato omeya cordobés se encuentra en una situación complicada, de hecho la adolescencia de nuestra protagonista, la bella Wallada, transcurre en las guerras civiles que marcan el declive del Califato, en medio de todo tipo de intrigas palaciegas que se desencadenan tras la muerte del hijo de Almanzor, al-Muzzaar.

En ese periodo turbulento de historia andalusí comienza nuestra historia. La princesa Wallada crece como una hermosa joven de tez blanquecina, ojos claros y una esbeltez digna de la realeza. Según parece Wallada va a gozar de muchas libertades para la época y alcanzará cierto reconocimiento como poetisa en los círculos de la nobleza andalusí, al carecer su padre de descendencia masculina será ella la heredera de sus propiedades y las gestionará, hecho bastante mal visto por los hombres de aquel entonces que no gustaban de su talante perspicaz. De todas esas propiedades alcanzará gran fama su salón de poseías, y ¿en qué consistía dicho salón? Un célebre cronista afirma: “Aquel salón era lugar de reunión de los nobles del país y su patio era como un campo de carreras para los caballos de la poesía y la prosa, mezclado eso con la pureza de sus vestidos. Por ser, sin embargo, despreocupada y demostrar sus pasiones, la crítica se abrió camino para hablar contra ella”.

A una de esas famosas tertulias poéticas acudió el poeta Ibn Zaydun que no tardó en quedar prendado ante la belleza y el ingenio de la bella Wallada. El sentimiento parece que fue recíproco pues conservamos una pequeña parte de su obra literaria dedicada al amor que se profesaban. Pero en toda historia de amor hay un punto de inflexión que pone punto y final a toda esperanza del “fueron felices y comieron perdices”, en este caso, ese punto de discordia se centra en la figura del visir Ibn Abdus, quién profesaba un amor eterno por Wallada y con astucia enredó al amado de Wallada con una de sus esclavas, provocando en consiguiente enfado y rechazo hacia el desdichado Ibn Zaydun que cedió y cayó ante los encantos de la esclava.

Tras esto la historia se hace algo difusa y nos encontramos con un Ibn Zaydun que dedica el resto de su verso a lamentar la pérdida de su amada Wallada y que vagará por las calles de Córdoba balbuceando y maldiciendo su sino que lo separó de la única mujer que quiso. Según parece encontraría cierto consuelo en la corte del emir sevillano al-Mutamid y en los eternos jardines del Alcázar de Sevilla reflexionaría en silencia sobre su pérdida. En la otra cara de la moneda tenemos a Wallada, a quien de nada sirvieron los lamentos de su poeta Ibn Zaydun y acabó bajo la protección del otrora eterno pretendiente el visir Ibn Abdus, con quien compartiría el resto de sus días.

Esta historia además de ser transmitida de padres a hijos, tiene su representación escultórica  en el Campo Santo de los Mártires de la ciudad de Córdoba. Fue en el año 1971 cuando se ordena la construcción del famoso  monumento de las manos, se trata de un pedestal donde están grabados dos poemas de cada poeta en castellano y en árabe, y arriba coronado con una escultura de dos manos entrelazadas.

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